DE SER “ESCLAVOS” DE LAS ADICCIONES A RECUPERAR «UNA VIDA DIGNA»

Fuente: el diario.es

 

En la comunidad terapéutica de Proyecto Hombre los testimonios reflejan lo fácil que es caer y perderlo casi todo, pero también que se puede “empezar de nuevo”

Aquí se han cruzado los caminos de quienes, antes o después, han tocado fondo y han asumido que necesitaban ayuda para dejar atrás sus adicciones, en su mayoría relacionadas con el consumo de drogas y alcohol, y con las que han llegado a convivir durante años. Adicciones de las que, como reconocen la mayoría, eran “esclavos”, y en las que es tan fácil caer como difícil salir. La edad, sexo o condición social no hace a nadie menos vulnerable a tener problemas de adicciones. Historias parecidas, pero diferentes, han llevado hasta Proyecto Hombre a los que en esta ocasión se sientan con SALAMANCA AL DÍA – en el jardín de la Comunidad Terapéutica – para relatarnos cómo se vuelve a empezar.  Cada uno ha tenido que lidiar con sus miedos y sus inseguridades, pero la recompensa es “recuperar tu vida”. Y sin olvidar que, en medio de todo esto, llegó una pandemia y un confinamiento del que también nos relatan cómo lo han vivido en Proyecto Hombre.

“Llegó un momento en el que ya lo había perdido todo. Familia, trabajo y a punto de perder la vida, porque tenía una adicción muy fuerte”, relata Iñaki, quien reconoce que la parte más dura “ha sido aceptar que tenía un problema”, en su caso con el consumo de alcohol y de cocaína. Cuando tenía prevista la primera salida en la que iba a ver a sus hijos “me pilló el confinamiento”. “Hemos echado mucho de menos a los voluntarios y las visitas de las familias en las que vas contando cómo lo vas afrontando y cómo vas creciendo en la comunidad”.

A su lado está Alejandro. A sus 36 años, y tras haber “consumido un poco de todo”, ha encontrado en Proyecto Hombre una nueva oportunidad para dejar atrás lo que le llevó a “tocar fondo y a pedir ayuda”. Lo había intentado antes, pero quizá entonces no encontró la fuerza suficiente para conseguirlo. “He recuperado a mi familia estando aquí”, relata. Durante el confinamiento, que también ha pasado en la comunidad terapéutica, “ellos han sido mi familia, y hemos llorado y hemos reído”.

Hace 18 meses que Mika llegó a Proyecto Hombre. Reconoce que “no veía el problema que tenía, lo veía mi familia, mis allegados, pero yo pensaba que era normal consumir a diario”. Llegó a necesitar varios gramos al día de cocaína, más una buena dosis de alcohol. “Empiezas los fines de semana, y acabas a diario y con un problema muy serio”. Ahora, transcurrido este tiempo, asegura que “merece la pena luchar para tener una vida digna”. “Antes las decisiones las tomaba el otro Mika que no era yo, como si no tuviera sentimientos, y aquí me he dado cuenta de que los tengo, como llorar porque te afecte algo que le pasa a alguien que quieres”.

Tampoco Florentino, que lleva 16 meses en la comunidad a la que llegó justo antes de la pandemia, veía “los problemas de adicción que tenía hasta que llegó un momento que me vi solo y en la calle”. Lo que “empezó por no quedarte fuera del grupo” terminó “en una vida que no me gustaba nada”. Ahora, asegura, “por mis hijos lucho por cambiarla”.

“Un castillo de naipes de mentira”

Miguel N. llevaba 15 años consumiendo a diario. “Sólo vivía para eso, tenía una doble vida”, relata. “Construí un castillo de naipes de mentiras y un día se cayó todo”. Él fue el último en entrar en la comunidad terapéutica antes del confinamiento. “A mí me han salvado la vida, porque además tengo problemas de salud y hubiera seguido consumiendo”. Reconoce que lo más difícil del proceso “es el cambio interno que tienes que hacer, a veces sientes mucha frustración, pero al final merece la pena porque es vivir otra vez”.

El más joven -28 años- de la comunidad terapéutica también se llama Miguel, y empezó a consumir cuando apenas era un adolescente. “Quería ser mayor”, apunta. Primero fueron los porros, luego el alcohol y la cocaína. Reconoce que “por su mala cabeza” llegó a perder casi todo. “Antes no tenía claro si quería cambiar, pero pasa el tiempo y te vas dando cuenta del significado de la vida que has tenido antes y la que tienes ahora. Le das importancia a las cosas que habías ignorado, y lo que verdaderamente la tiene, como la familia”. Su siguiente paso: “seguir adelante”.

No mucho mayor es Jorge, 32 años. Llegó hace un año a la comunidad terapéutica, aunque lo hizo unos meses más tarde de lo previsto porque “iba a entrar a principios de marzo y llegó el confinamiento”. En su caso, tal y como relata, empezó a beber “de joven porque si lo hacen todos, lo haces tú”. Tampoco, añade, “era consciente de tener un problema, porque con el consumo tapas los sentimientos y no afrontas la realidad, hasta que vienes aquí y empiezas a verte reflejado en el grupo”.

La adicción a las drogas también llevó a Roberto “a más que tocar fondo”. Empezó “sin saber dónde me metía”, y al final “te haces esclavo de ello, vives para ello, te levantas, si es que has dormido, y haces lo que sea por consumir, sin mirar por nadie, ni por ti mismo”. Ahora, asegura, su vida ha cambiado, “no te haces una idea”.

Entre los veteranos, por edad, encontramos a Javier. Empezó a consumir heroína muy joven, a los 16 años, y ahora ya ha cumplido los 50. “Más de la mitad de mi vida me he relacionado con las drogas”. Esa sensación, engañosa, que “te da la heroína, que te quita los sentimientos de miedo”. Lleva diez meses en la comunidad terapéutica, aunque no es su primer intento de completar el proceso. “Recaí”, pero ahora me han dado la oportunidad “para ver si cambio de una vez”.

“El trato con los terapeutas de Proyecto Hombre me cambió el chip”

Hoy está en el lado de los que brindan su ayuda a otros como terapeuta para dejar atrás las adicciones. Antes fue él quien tuvo que pedir ayuda. “Y fue lo que me resultó más difícil”, reconoce Luis Quintana. “Recuerdo que en mi casa me lo decían, y yo siempre negaba la mayor, porque no quería verlo”. No lo consiguió hasta que “el trato con los terapeutas en la Comunidad de Proyecto Hombre en Salamanca me cambió el chip”. Haber hecho ese camino antes “me permite ponerme más en su lugar, las experiencias de las que me hablan las he vivido, lo único que cambia son los lugares, pero me refresca bastante y el no olvidar también me renueva”.

Darse cuenta del daño que uno haya podido hacer “eso sigue doliendo mucho, pero también es verdad que aprendes a perdonarte”.

“Llegó un momento en el que ya lo había perdido todo. Familia, trabajo y a punto de perder la vida, porque tenía una adicción muy fuerte”, relata Iñaki, quien reconoce que la parte más dura “ha sido aceptar que tenía un problema”, en su caso con el consumo de alcohol y de cocaína. Cuando tenía prevista la primera salida en la que iba a ver a sus hijos “me pilló el confinamiento”. “Hemos echado mucho de menos a los voluntarios y las visitas de las familias en las que vas contando cómo lo vas afrontando y cómo vas creciendo en la comunidad”.

A su lado está Alejandro. A sus 36 años, y tras haber “consumido un poco de todo”, ha encontrado en Proyecto Hombre una nueva oportunidad para dejar atrás lo que le llevó a “tocar fondo y a pedir ayuda”. Lo había intentado antes, pero quizá entonces no encontró la fuerza suficiente para conseguirlo. “He recuperado a mi familia estando aquí”, relata. Durante el confinamiento, que también ha pasado en la comunidad terapéutica, “ellos han sido mi familia, y hemos llorado y hemos reído”.

Hace 18 meses que Mika llegó a Proyecto Hombre. Reconoce que “no veía el problema que tenía, lo veía mi familia, mis allegados, pero yo pensaba que era normal consumir a diario”. Llegó a necesitar varios gramos al día de cocaína, más una buena dosis de alcohol. “Empiezas los fines de semana, y acabas a diario y con un problema muy serio”. Ahora, transcurrido este tiempo, asegura que “merece la pena luchar para tener una vida digna”. “Antes las decisiones las tomaba el otro Mika que no era yo, como si no tuviera sentimientos, y aquí me he dado cuenta de que los tengo, como llorar porque te afecte algo que le pasa a alguien que quieres”.

Tampoco Florentino, que lleva 16 meses en la comunidad a la que llegó justo antes de la pandemia, veía “los problemas de adicción que tenía hasta que llegó un momento que me vi solo y en la calle”. Lo que “empezó por no quedarte fuera del grupo” terminó “en una vida que no me gustaba nada”. Ahora, asegura, “por mis hijos lucho por cambiarla”.

“Un castillo de naipes de mentira”

Miguel N. llevaba 15 años consumiendo a diario. “Sólo vivía para eso, tenía una doble vida”, relata. “Construí un castillo de naipes de mentiras y un día se cayó todo”. Él fue el último en entrar en la comunidad terapéutica antes del confinamiento. “A mí me han salvado la vida, porque además tengo problemas de salud y hubiera seguido consumiendo”. Reconoce que lo más difícil del proceso “es el cambio interno que tienes que hacer, a veces sientes mucha frustración, pero al final merece la pena porque es vivir otra vez”.

El más joven -28 años- de la comunidad terapéutica también se llama Miguel, y empezó a consumir cuando apenas era un adolescente. “Quería ser mayor”, apunta. Primero fueron los porros, luego el alcohol y la cocaína. Reconoce que “por su mala cabeza” llegó a perder casi todo. “Antes no tenía claro si quería cambiar, pero pasa el tiempo y te vas dando cuenta del significado de la vida que has tenido antes y la que tienes ahora. Le das importancia a las cosas que habías ignorado, y lo que verdaderamente la tiene, como la familia”. Su siguiente paso: “seguir adelante”.

No mucho mayor es Jorge, 32 años. Llegó hace un año a la comunidad terapéutica, aunque lo hizo unos meses más tarde de lo previsto porque “iba a entrar a principios de marzo y llegó el confinamiento”. En su caso, tal y como relata, empezó a beber “de joven porque si lo hacen todos, lo haces tú”. Tampoco, añade, “era consciente de tener un problema, porque con el consumo tapas los sentimientos y no afrontas la realidad, hasta que vienes aquí y empiezas a verte reflejado en el grupo”.

La adicción a las drogas también llevó a Roberto “a más que tocar fondo”. Empezó “sin saber dónde me metía”, y al final “te haces esclavo de ello, vives para ello, te levantas, si es que has dormido, y haces lo que sea por consumir, sin mirar por nadie, ni por ti mismo”. Ahora, asegura, su vida ha cambiado, “no te haces una idea”.

Entre los veteranos, por edad, encontramos a Javier. Empezó a consumir heroína muy joven, a los 16 años, y ahora ya ha cumplido los 50. “Más de la mitad de mi vida me he relacionado con las drogas”. Esa sensación, engañosa, que “te da la heroína, que te quita los sentimientos de miedo”. Lleva diez meses en la comunidad terapéutica, aunque no es su primer intento de completar el proceso. “Recaí”, pero ahora me han dado la oportunidad “para ver si cambio de una vez”.

“El trato con los terapeutas de Proyecto Hombre me cambió el chip”

Hoy está en el lado de los que brindan su ayuda a otros como terapeuta para dejar atrás las adicciones. Antes fue él quien tuvo que pedir ayuda. “Y fue lo que me resultó más difícil”, reconoce Luis Quintana. “Recuerdo que en mi casa me lo decían, y yo siempre negaba la mayor, porque no quería verlo”. No lo consiguió hasta que “el trato con los terapeutas en la Comunidad de Proyecto Hombre en Salamanca me cambió el chip”. Haber hecho ese camino antes “me permite ponerme más en su lugar, las experiencias de las que me hablan las he vivido, lo único que cambia son los lugares, pero me refresca bastante y el no olvidar también me renueva”.

Darse cuenta del daño que uno haya podido hacer “eso sigue doliendo mucho, pero también es verdad que aprendes a perdonarte”.

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